La hormiguita perezosa

La hormiguita perezosa icen que hace muchos años vivió una hormiga llamada Andrea que era muy diferente del resto de sus compañeras del hormiguero. Andrea era muy presumida y le gustaba estar durante horas arreglando sus antenas, pintándose los labios, y revolcándose en la harina de una panadería cercana al hormiguero para parecer blanca y no negra como sus hermanas. Era tan perezosa que nunca ayudaba a las hormigas obreras a llevar comida al hormiguero, pues el invierno era muy crudo y en esa ciudad oculta, en la que vivían necesitaban muchos alimentos para resistir una estación tan fría.
La actividad de las hormigas en el hormiguero era intensa. De repente surgía una fila de obreras arrastrando un poco de harina de la panadería, migajas de pan, de torta, mientras que Andrea descansaba acostada en la cama de la panadera y tras la siesta se iba al obrador y allí se comía todo lo que podía, aunque se olvidaba de que su misión era llevar alimentos al granero común.
Su problema llegó un día cuando al pretender entrar en su hormiguero, fue detenida por las hormigas soldado o cabezonas, que guardaban su casa excavada en la tierra en la que convivían más de mil hormigas y en cuyos almacenes habían reunido una cantidad enorme de alimentos. Ella les dijo que pertenecía a ese hormiguero y que quería protegerse en él, del frío que comenzaba a ser insoportable, para esperar resguardada el buen tiempo. Como a Andrea le gustaba la poesía y el teatro, gesticulando como una actriz representó ante las guardianas lo que significaba la primavera. Las hormigas le revisaron su cuerpo buscando el alimento que, como obrera, podía llevar oculto y vieron que no tenía nada y tampoco arrastraba ni una miga de pan, o una semilla, o un pequeño animalillo para aportarlos al granero común.
-Lo sentimos amiga, pero si no traes nada, no puedes quedarte en nuestro hormiguero. Ya tenemos demasiadas bocas que alimentar en este invierno que será muy frío. En vano ella quiso amenazarles con decírselo a la hormiga reina, y viendo que no conseguía nada, pues las soldados le amenazaban con sus lanzas y espadas dejándola en la calle, se puso de rodillas, les rogó que la perdonaran pues ya no volvería a ser perezosa. Tras echarle una bronca por ser tan vaga y poco trabajadora, se metieron en el hormiguero y cerraron tras de sí la puerta. Andrea tiritando de frío y muerta de hambre, decidió esconderse debajo de una hoja amarillenta y seca.
En su improvisado refugio se puso a trazar un plan alternativo para sobrevivir, pero salió de su ensimismamiento cuando escuchó unas pisadas fuertes, que se acercaban velozmente, aplastando las hojas. Se asomó de su escondite y comprendió que había estado a punto de morir chafada por esa pata de uñas largas, que pisó la hoja en la que se ocultaba, mientras lanzaba un maullido ensordecedor.
¡Era un gato! Comenzó a llover y tuvo que ocultarse en el interior de un tronco, destrozado por un rayo, temblando de miedo, pues su escondite podía ser una trampa para ella, ya que en el árbol hueco podría ocultarse algún animal al que le encantase comer hormigas, sin importarle que fuera guapa o fea, ni que llevase los labios pintados de rojo, como obrera presumida que era. Tras pasar una noche heladora, logró acercarse a la panadería. Necesitaba comer una miga de pan tierno, revolcarse en un poco de harina, o pintarse de nuevo con el carmín de la panadera. Cuando estaba entrando en el establecimiento, un olor muy desagradable le causó un fuerte mareo y un dolor de cabeza insoportable.
¡Era un insecticida! Haciendo un gran esfuerzo logró salvar la vida y se quedó en la calle, sin un lugar en donde guarecerse, mientras los copos de nieve caían abundantes y un manto blanco cubría las aceras y calzadas del pueblo. Pasaron las horas y Andrea estaba muy hambrienta y arrepentida de haber sido una perezosa.
Cuando de nuevo llegó la noche, la segunda de su odisea, pensó, con tristeza, que todas las personas y animales domésticos estarían durmiendo en sus casas, ajenos a sus desventuras. Nadie caminaba por la calle. Entonces, Andrea, se dirigió al bar, antes de que cerrase, por ver si podía atrapar alguna miga que algún cliente hubiera echado al suelo. La hormiguita perezosa estaba helada de frío, y muy asustada. Entonces se acordó de su mamá y de sus hermanas, que a esas horas la estarían echando en falta, aunque ellas estarían muy calentitas y con el estómago lleno. Cuando más desesperada estaba vio a un pulgón que se hundía en la nieve y ella, haciendo un gran esfuerzo lo salvó.
Entonces, Gustavo, que así se llamaba el pulgón, le dio las gracias por haberle salvado la vida y en agradecimiento le ofreció el líquido azucarado que sacó de su abdomen y que, Andrea, chupó con mucho apetito. Cuando Andrea recuperó sus fuerzas, dejó que, Gustavo, se subiera sobre su espalda, pues el pulgón estaba muy cansado. Caminaron un buen trecho y se detuvieron. Luego se quedaron los dos abrazados, dándose calor mutuamente, esperando que dejase de nevar y amaneciera. Entonces oyeron unas voces que se acercaban y cuando miró, Andrea, muy asustada, se encontró con un ejército de pulgones armados que llegaron hasta donde ellos se encontraron y saludaron a Gustavo, su príncipe.
-Soy el príncipe heredero de los pulgones y mis soldados nos llevarán a los dos a nuestro palacio, escondido en la tierra, y lleno de alimentos, donde tú y yo vamos a refugiarnos hasta que pase el invierno y todo el tiempo que tú quieras, porque estoy muy contento contigo, bella hormiga. Andrea fue llevada en volandas por los bravos soldados pulgones hasta su palacio, que estaba situado cerca de un arroyo de aguas heladas y cristalinas y protegido por un árbol centenario de enormes raíces.
-De las hojas de este árbol nos alimentamos, Andrea. Si tú quieres serás la reina de los pulgones, ya que no pudiste ser la de las hormigas. Andrea aceptó ser la esposa de Gustavo y vivieron felices en el palacio, aunque Andrea ya no fue una hormiga perezosa y se convirtió en la más trabajadora de todos los pulgones de la Corte. Era tan generosa y buena que gracias a la magia de un hada, ella dejó de ser una hormiga obrera transformándose, por amor, en una bella pulgona. Desde ese día todos los pulgones y pulgonas admiran y quieren a Andrea, su reina.

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Sobre el Autor

Carlos Cebrián González, 66 años de Zaragoza, España

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