La gran batalla

La gran batalla uando Víctor Hugo se adentró en el bosque para esconderse de sus primos y de su hermano Steve, pensó que el mejor escondite estaba bajo unos tupidos matorrales y sin pensarlo dos veces, se escabulló, arrastrándose un poco por una abertura entre el ramaje. Encontró formidable el hueco por donde se escondía, el que continuaba dando una vuelta en ele en una esquina, esto le dio curiosidad y siguió arrastrándose de rodillas hasta penetrar más de lo debido, eso a él no le importó, era justo lo que quería, que no lo encontraran fácilmente, así ganaría el juego.
Allí se quedó agazapado mientras escuchaba la voz de Steve que lo llamaba, y las risas de Gerardo, Queco y Chelín al ser descubiertos por Angelina.
De pronto, Víctor Hugo vio pasar por su lado a un conejito gris que se alejaba en grandes zancadas, trató de alcanzarlo, pero éste desapareció tras las ramas de un arbusto. Como pudo lo siguió, movió las ramas y ante sus ojos encontró una cueva, pero era enorme, podía alzarse sin problemas y aún había suficiente espacio sobre su cabeza. Fenomenal pensó, ¿qué habrá en esta caverna? Decidido entró hasta donde la luz del día era visible. ¡Guau! Debo ir a buscar a mis primos para que podamos inspeccionar este escondrijo.
Víctor Hugo se volvió en busca de la salida pero en ese instante unos brazos peludos lo envolvieron e izaron hacía el techo de la caverna, dejándolo inmovilizado. En la oscuridad de la caverna sólo distinguió unos agrios ojos rojos, que lo observaban, mientras el cuerpo de una enorme araña bajaba lentamente hasta quedar visible.
El niño comenzó a gritar todo lo que sus pulmones podían dar. Pero su voz parecía que sonaba como dentro de una botella.
Mientras tanto sus primos seguían riendo y buscándolo a grandes voces, y entre bromas y jugarretas, se fueron alejando. Steve, se quedó atrás, no podía creer que su hermano se hubiera alejado tanto, él pensó que aún se hallaba cerca y por ese motivo no siguió al grupo de primos, Angelina se devolvió al ver a Steve tan quieto y quiso acompañarlo, shisss, le indicó el niño con los dedos en los labios, acabo de escuchar un ruido. Ya sabes que mi hermano siempre trata de sorprenderme y pienso que está por aquí cerca.
En la cueva, la araña descubría el brazo de Víctor Hugo y con un fino aguijón libaba la sangre del niño. Víctor Hugo estaba aterrado, si la araña continuaba drenando su sangre perdería la conciencia. Eso le dio pavor. Milagrosamente un ruido en la entrada de la caverna hizo que la araña abandonara el brazo de su víctima y fuera a investigar.
Steve y Angelina se habían arrastrado por el hueco por donde entró Víctor Hugo y observaban la cueva.
-Mira, hay una caverna aquí, ¿piensas que Víctor Hugo está allí escondido?
-No lo sé pero me da miedo entrar allí. Mejor esperamos que Gerardo regrese con los demás y que ellos entren ¿ya?
-¿Pero si mi hermano está en peligro?
-¿Cómo sabes que está escondido aquí? Puede ser la madriguera de un leopardo o de un jaguar.
-Ah, aquí no existen esos animales, a lo más pueden haber conejos. Quedémonos aquí en silencio para escuchar algún ruido, sugirió Steve.
Steve estaba vestido con su atuendo favorito, el de hombre araña y eso lo hacía sentirse muy protegido. De pronto un conejo gris pasó muy cerca de ellos y entró precipitadamente a la cueva. En breves segundos se escuchó el chillido ahogado del conejo y nada más.
-Oye, ¿escuchaste eso?, debe haber sido el conejo, algo le pasó.
-Sí, es peligroso estar aquí, ya te dije que puede vivir un animal carnívoro y nos puede atacar. Vámonos mejor y busquemos por otro lado, ¿quieres?
-Mira vete y avísale a Gerardo que traiga una lámpara y un cuchillo.
-¿Para qué quieres un cuchillo? Preguntó ingenuamente Angelina.
-Pues para defendernos en caso que sea un devorador de niños. Y ahora vete rápido. Yo me quedaré aquí.
-¿Pero no tienes miedo?
- No, ¿cuándo has visto que el hombre araña tenga miedo?
Angelina retrocedió como pudo hasta salir por el otro extremo de los arbustos y fue en busca de los primos. Steve, accionó sus manos hacia la cueva e imaginariamente lanzó un chorro de tela adhesiva, formando una cuerda como una telaraña. Quien quiera que viva aquí no podrá salir sin quedar pegado en mi tela, se dijo y se quedó callado escuchando cualquier ruido que pudiera ser el de su hermano.
Dentro de la cueva Víctor Hugo se debatía haciendo esfuerzos para liberarse de la gelatinosa cuerda de telaraña. Mientras observaba con ojos aterrados como la araña libaba la sangre del conejo. En un rincón vio varias pieles secas de diferentes animales que se habían cruzado en el camino de la araña. Había pieles de perros, gatos, pájaros, ardillas, muchos huesos y calaveras que le hizo temblar.
La araña satisfecha con la sangre consumida, caminó con sus largas patas hacia el fondo de la caverna para tomarse una siestecita antes de seguir bebiendo la sangre de Víctor Hugo. El niño la vio pasar bajo sus pies perdiéndose en la oscuridad de la cueva.
Una vez que creyó que la araña dormía empezó a hacer algunos ruidos para traer a sus primos, aunque de antemano pensaba que no lo escucharían. Lágrimas asomaron a sus ojos y se acordó de su familia que en ese momento disfrutaban de un picnic sin percatarse del peligro en que se hallaba.
Angelina corrió en busca de los primos gritando el nombre de Gerardo, por ser el mayor, ¡ayuda! decía, ¡ayuda!, pero los niños llevaban una algarabía de risas y gritos que no la escucharon por un buen rato.
Steve cortó una gruesa rama y la limpió como una lanza, cuando escuchó el llanto de su hermano, sin pensarlo dos veces, se apuró en entrar a la cueva, cubrió su rostro con la máscara del hombre araña y decidido, gritó el nombre de su hermano ¡Víctor Hugo! ¡Víctor Hugo!, ¿estás aquí? ¿Dónde?
-Aquí, aquí, pero ten cuidado, por favor, hay una enorme araña.
-¿Qué, una araña? ¿Dónde?, preguntó Steve, mientras preparaba su palo como una lanza.
-No veo nada, ¿dónde estás?
-Aquí en el techo, contestó con desfallecida voz el niño.
-¿Qué? Exclamó Steve, incrédulo, aún pensaba que su hermano le estaba gastando una broma. ¿En el techo?, en ese instante lo vio envuelto en la telaraña.
-Pero, ¿cómo? ¿Dónde está la araña? ¿Cómo te suspendió allí?
-Por favor ten cuidado, está allí adentro, me chupó la sangre y al conejo también, mira todos los animales muertos que hay allí.
Steve miró hacia ese lugar y comprobó que era cierto lo que su hermano decía, y le dio mucho coraje en vez de darle miedo. En ese momento la araña despertaba y se lamía el hocico en busca de más sangre fresca. Cuando vio a Steve vestido del hombre araña, ésta retrocedió ante la sorpresa, no podía creer que existiera un animal tal raro. En su rostro sólo se veían los ojos, no tenía nariz ni boca y la miraba con tanto valor que la araña se quedó como paralizada, además que venía armado con un gran aguijón mucho más grande que el que ella poseía para libar la sangre de sus víctimas.
Steve aprovechó esa debilidad de la araña y le lanzó imaginariamente su tela adhesiva a las patas, y luego sobre la cabeza hasta que la araña quedó cubierta de un líquido pegajoso. Víctor Hugo suspendido en el aire observaba lo que sucedía, sorprendido al ver que la telaraña imaginaria de su hermano, era real.
-Steve, le gritó casi sin fuerzas, ayúdame por favor. Bájame de aquí.
-Sí, debemos aprovechar que ese monstruo está atrapado y huir de aquí.
Rápidamente Steve usó su lanza para librar a su hermano de esa asquerosa telaraña y Víctor Hugo cayó al piso casi desvanecido.
-Vamos, vamos, debemos irnos, debes sacar fuerzas para salir de aquí, le decía Steve mientras Víctor Hugo pálido por la pérdida de sangre, se daba coraje para caminar afirmado de su hermanito
Cuando los niños salieron de la cueva tuvieron que arrastrarse por entre el ramaje de los arbustos hasta que por fin llegaron a un área menos densa. Gerardo venía llegando junto a Angelina, Queco y Chelín.
-¿Qué les pasó?
-Tenemos que llevar a Víctor Hugo al hospital y pronto, pidió Steve.
- Sí claro, que te pasó Víctor Hugo? Preguntó Chelín.
Pero en ese momento, Víctor Hugo se desmayó en brazos de Gerardo. Angelina y Queco corrieron a llamar a sus padres.
-Pronto, pronto, Víctor Hugo sufrió un accidente, gritaban los niños acercándose al área de picnic.
Los adultos se alarmaron y llevaron rápidamente al niño al hospital, mientras Gerardo junto con Steve, Chelín y Queco, volvían hacia la cueva, todos armados con palos y un cuchillo. Después de entrar arrastrándose entre los arbustos, Gerardo prendió una linterna y alumbró todo el entorno, los niños se parapetaron detrás de Gerardo y observaron. En un rincón estaban los huesos y las pieles secas de diversos animales, pero en el sitio en donde Steve dejó a la araña envuelta en su tela adhesiva, no había rastros del animal. Geraldo alumbró hasta el fondo de la cueva y no encontró nada.
-Bueno, lo que haya atacado a mi hermano Víctor Hugo no está aquí. Es mejor que volvamos al área de picnic. Así lo hicieron, allí estaban los tíos esperando por ellos.
-Para dónde fueron, preguntó preocupada Angelina. Sólo a ver el lugar en donde se accidentó Víctor Hugo, nada más, contestó Queco.
-Ya niños nos vamos a casa. Hay que ir a ver a Víctor Hugo que quedó en el hospital en observación.
- ¿Qué le pasó a Víctor Hugo, pregunto Angelina?
- Aún no se sabe, pero dicen que ha perdido mucha sangre, es muy extraño esto, afirmó el tío Antonio, tía Andrea está con él en hospital.
Gerardo casi en voz baja explicó a sus primos, sobre una araña que se llamaba Leucemia, una rara especie y, según dicen, en extinción. Esa araña chupaba la sangre de sus víctimas y les introducía un virus fatal. Eso lo leí en una vieja revista sobre arácnidos afirmó. Steve asegura que vio a una araña enorme pero ya ven que no había nada en la cueva. Mejor nos vamos a visitar a Víctor Hugo, que si la araña le chupó la sangre puede haberle contagiado algún virus.
-Ya, mi hermano es un luchador y saldrá bien de este accidente exclamó, Steve aún vestido de hombre araña, será una gran batalla pero todos estaremos junto a él, ¿no es verdad?
-Por supuesto, para eso somos una familia muy unida, "todos para uno y uno para todos", exclamó Chelín. Y Los primos juntaron sus manos, como una tácita alianza, mientras se acomodaban en el auto.

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Sobre el Autor

Marianela Puebla, años de Valparaíso, Chile

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