La aldea nunca visitada

La aldea nunca visitada abía una vez una hermosa y pequeñita aldea en la que vivían pocos lugareños con sus familias, amigos y mascotas. Cada cual tenía su trabajo, pasaban sus vidas sin mayores preocupaciones, todos menos Benito, él tenía una misión, su misión consistía en ser el guardia de la aldea, velar por la seguridad de sus vecinos.
Así es que Benito pasaba sus días en las afueras de la aldea, vigilando que ningún extraño entre a perturbar la apacible vida de sus amigos, durante todo el día y toda la noche. Benito siempre sonreía aunque por dentro sentía mucha tristeza por no poder compartir las tardes en la plaza del pueblo con sus hermanos menores, amigos e integrantes del pueblo.
Un buen día pasaba por allí un sabio que retornaba a su pueblo y le pregunto a Benito si podía pasar la noche en su aldea, Benito, fiel a su misión, le explicó que allí no entraba nadie por que el era el guardián y mientras él ocupara su lugar la aldea estaba segura; el sabio le pregunto quién lo nombro guardián, Benito confundido pensó y pensó, finalmente le respondió: alguien lo tiene que hacer, es lo correcto, sufro mucho, siento que me pierdo muchas cosas, pero yo SOY EL GUARDIAN.
El sabio siguió su camino pensando en cómo podía ayudar a Benito a entender que las cosas podían ser de otra manera, entonces pasó la noche ideando un plan para mostrarle sus opciones. Al día siguiente volvió al lugar donde estaba Benito y durante horas hablo con él. Benito escuchó atentamente todo lo que el sabio le decía, hasta que finalmente aceptó el pedido del sabio y siguiendo sus indicaciones lo acompañó a la plaza del pueblo, se subió a un banco y gritó con todas sus fuerzas:
"¡¡Aldeanos reúnanse en la plaza del pueblo, aldeanos a la plaza del pueblo!!"
Y así lo hicieron extrañados por los gritos del sabio. Una vez reunidos allí el sabio preguntó si conocían a Benito, para sorpresa del guardián, los vecinos comenzaron a mirarse unos a otros y finalmente acordaron en que no conocían a Benito, alguno dijo "creo que lo recuerdo pero no estoy seguro" y así uno a uno respondieron. Benito estaba desolado ante las respuestas de sus vecinos, la gente a quien cuidaba tanto y por quien velaba día a día en la entrada de la aldea. Así fue entonces que el sabio contó la noble tarea que Benito había asumido por considerar que alguien debía hacerla, y nuevamente consultó con los vecinos:
- ¿Qué les parece si hacemos una pequeña prueba? Necesito un voluntario!
- Yo! Yo! Se escuchó entre la multitud. Era Jacinto, el lechero del pueblo, quien se levantaba muy temprano todos los días para que en la aldea pudieran desayunar con leche fresca que Jacinto llevaba puerta a puerta, entonces el sabio le pregunto:
- ¿Estas contento con tu trabajo? Si respondió Jacinto, disfruto mucho al ver crecer fuertes y sanos a los niños del pueblo pero la verdad es que me gustaría poder dormir un poco más, aunque sea de vez en cuando. Animados por la valentía de Jacinto los vecinos fueron pasando uno a uno, contando las tareas que cada uno desempeñaba en su aldea y todos coincidieron en algo, todos querían hacer algo diferente al menos de vez en cuando.
Lleno de emoción por la sinceridad de los aldeanos, el sabio comenzó a explicarles que había una manera de complacer a todos.
- ¿Es magia?- Pregunto alguien
- ¿Es un conjuro misterioso?- Murmuro otro.
- No!- Dijo el sabio frunciendo el ceño - no hay recetas mágicas, solamente tienen que estar atentos y animarse. Les propuso que un día a la semana todos los aldeanos rotaran sus tareas con un vecino, por supuesto también con Benito, que miraba con los ojos bien abiertos como todos en el pueblo aplaudían y se contaban unos a otros la mejor manera de hacer sus trabajos.
Así la semana siguiente el sabio volvió a pasar por las afueras de la ciudad y vio a Jacinto como guardián, quien lo invito a pasar cortésmente con una sonrisa, entonces el sabio le pregunto:
- ¿Eres feliz aquí como guardián?
Y Jacinto respondió, que al principio no entendía como alguien podía asumir tal tarea de velar por seguridad de gente que casi no conocía, pero con el correr de los días entendió cuanta gratitud recibía al regresar a su casa, todos los vecinos, al saber la tarea que llevaba a cabo, le agradecía por cuidarlos. El sabio le dió las gracias y siguió si camino hacia el pueblo, donde se encontró con Benito que entregaba contento leche recién ordeñada en la casa de los niños que esperaban para ir al colegio con la pancita contenta, entonces se acerco a él y le dijo:
¿Te sientes bien con tu nueva tarea?
Benito miro a los niños y dijo complacido:
- Al principio no me gusto dejar mí puesto de guardián, pensé que nadie podría hacerlo como yo, pero ahora me doy cuenta de que la aldea sigue tan segura como siempre y que la felicidad que me brinda esta nueva tarea es tan gratificante como la anterior.
El sabio profundamente conmovido le dio una palmada en la espalda y siguió su recorrido, así fue consultando con los vecinos y todos afirmaron estar satisfechos con sus cambios de tareas y coincidían en que al retornar a sus tareas anteriores se sentían menos agobiados por la rutina. Feliz con el resultado de su experimento el sabio siguió su viaje, los aldeanos lo despidieron con aplausos y muchos regalos para el largo viaje. Así transcurrieron los días y la aldea prospero, los vecinos se conocían más y todos eran más felices con sus nuevas y cambiantes vidas. FIN

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Sobre el Autor

Jorgelina Cuecco, de Buenos Aires, Argentina

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