El pequeño castor sin ritmo

El pequeño castor sin ritmo xiste una historia muy conocida por los animales de un bosque contada entre ellos de pico en pico y de hocico en hocico sobre un pequeño castor que no tenía ritmo. No era un problema tan grande si no fuera porque estar pequeño castor quería hacer música. Triste porque la naturaleza le había dado cuatro grandes dientes capaces de roer o mordisquear árboles, sin embargo era todo un problema a la hora de cantar. Cada vez que lo intentaba algunos gorriones se reían, otros le ayudaban pero el pequeño castor se daba por vencido pasado algunos minutos, pues entendía que sus dientes eran el problema. Caminaba un día por el bosque como de costumbre y mientras se quejaba de la suerte de las aves de poder volar y cantar, una melodía que nunca antes había escuchado hizo vibrar sus cuatro dientes de la emoción. Corrió hacia donde se originaba ese sonido y se encontró con una araña tocando el piano con sus 8 ojos cerrados, totalmente concentrada. Cuando la araña termino de tocar abrió sus ojos y vio al pequeño castor allí, quien no paraba de aplaudir. Este le contó que no podía cantar debido a sus cuatro enormes dientes y la araña le explicó que la música era mucho más que poder cantar, ofreciéndole tocar el piano. El pequeño castor muy contento dio lo mejor de sí, sin embargo lo que toco no tenía ni ritmo, ni afinación.
-¿Qué piensas de mi piano? - le pregunto la araña.
- Que es muy fácil para vos que tenes ocho patas, no puedo tocar de esa forma yo que solo tengo buen control en dos - le respondió el castor.
-Tu problema está en el ritmo, no en tus patas le dijo la araña, vuelve por aquí cuando entiendas lo que te digo. La araña cerró sus ojos y retomó su melodía.
El pequeño castor siguió caminando por el bosque pensando en que ahora no solo no sabía cantar, sino que además no tenía ritmo. En eso escucho una melodía potente, no suave como la del piano, esta se parecía a la de un tango. Cuando llego al lugar de donde provenía el sonido tuvo que mirar hacia arriba, pues acomodado en las ramas de un árbol se encontraba un mono tocando el saxofón. El sombrero del mono tapaba la mitad de su rostro, de hecho daba la sensación que este dormía una siesta muy placentera y eso hubiese creído el castor, de no ser por la melodía que resonaba en todo el lugar. Ni bien terminó de tocar, el mono bajo del árbol de un saltó y dio una vuelta alrededor del pequeño castor, observándolo fijamente de patas a cabeza mientras protegía celosamente su instrumento. Luego de charlar un rato se hicieron amigos y el mono le presto su saxofón pasándoselo al castor con mucho cuidado, como si de un pequeño bebe se tratara. Como se trataba de un instrumento de viento el castor se sintió confiado ya que sus pulmones le permitían nadar bajo el agua durante largos ratos. Inflo su pecho enormemente al tomar aire y soplo con todas sus fuerzas pero del saxofón no salió sonido alguno.
- Debe ser culpa de mis dientes - dijo el castor desilusionado.
- Tu culpa es que buscas la culpa, olvidándote de buscar una solución - le dijo el mono de manera amigable -. Es probable que tengas razón - dijo el pequeño castor - aunque una araña que toca el piano me dijo que mi problema está en el ritmo.
- ¿Ritmo? Mmmm... Interesante - dijo el mono - Quizás un amigo músico pueda ayudarte. Vive a treinta arboles hacia adelante de aquí, al llegar al lago camina seis o siete arboles hacia la izquierda y te encontraras con mi amigo, el conejo ciego de la armónica. Llévale esta zanahoria, sin una zanahoria no dice una sola palabra ese conejo amargado. - Muchas gracias - dijo el pequeño castor.
- Gracias hacen los monos, aunque yo prefiero tocar el saxofón dijo sonriendo el mono.
- Ve con el conejo, luego me cuentas. Una cosita más ¿Cuál era la izquierda? - pregunto el castor - a lo que el mono ya desde arriba del árbol levanto su mano izquierda en señal de saludo.
Finalmente, el castor llego hacia donde se encontraba el conejo ciego de la armónica pero había un pequeño problema... El conejo no estaba allí. Al esperarlo el pequeño castor sintió hambre, entonces saco la zanahoria que el mono le había dado. Cuando estaba a punto de roer la zanahoria, una figura blanca y pomposa se abalanzo a toda velocidad quitándosela de sus patas antes de que el castor de siquiera un mordisco.
- Yo la vi primero - dijo el conejo ciego.
- ¿Cómo puede ser eso posible si estas ciego? - pregunto el castor.
- Ver, oler, cielo, celos, remoja, re roja, suena todo parecido. Lo que quiero decir es que ahora es MI zanahoria - exclamo el conejo al abrazar celosamente "su zanahoria".
- Puedes quedártela, la envía el mono saxofonista a cambio de que me respondas una sola pregunta - dijo el castor -. - - Pregunta entonces -dijo el conejo - tratando que la baba no le salga a chorros de su boca.
- ¿Qué es ritmo? - pregunto ya con mucha curiosidad el pequeño castor.
- ¿Eso es todo? Ritmo es aquello que tiene y sigue un orden - respondió con seguridad el conejo. Todavía sin entender del todo, el pequeño castor le cuenta al conejo ciego de la armónica que él no tenía ritmo y el problema que representaba ya que el quería ser músico.
- Hagamos lo siguiente, voy a tocar un poco de blues con mi armónica, luego quiero que me digas que te parece. Con la condición que no puedes usar palabras para hacerlo - propuso el conejo y el castor accedió. Cuando el conejo termino de tocar aquel blues, el castor aplaudió con una gran sonrisa en su rostro.
- ¿Ves? Exclamo el conejo ciego. Claro que ves, lo que quiero decir es que me acabas de demostrar que si tenes ritmo al aplaudir. No solo eso, sino también que te gusto y eso lo puedo saber por la repetición de aplausos. Existen aplausos sinceros, aplausos con sarcasmo, aplausos por costumbre que son los que uno da después de que alguien habla y habla. Lo mismo pasa con la música, cada sonido tiene un orden, un ritmo, algunos son alegres, otros chillones, algunos parecieran ser tristes, pero todos comunican algo, hermoso por cierto, a su manera. No podes no tener ritmo, porque estas vivo. Tenes un corazón el cual late a su propio ritmo, tus dos ojos se cierran y se abren a la vez. Cuando respiras tus pulmones y tu hocico trabajan en conjunto en un tiempo determinado.
- Tenes ritmo, solo que no lo escuchas, date el tiempo de entender que aprender lleva un tiempo y ese tiempo es distinto para todos porque cada quien tiene su propio ritmo ya sea en este bosque o en el bosque de China. -Dijo el conejo ciego acomodando sus lentes negros.
Así fue como el pequeño castor entendió lo que quiso decir la araña con que su problema era el ritmo. Al volver y contarle todo lo que aprendió escuchando lo que le dijeron los distintos músicos ella encantada le enseño a tocar el piano. Eso sí, de a poquito y con paciencia o mejor dicho a su ritmo.

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Sobre el Autor

Celeste Manfredi y Angel Godoy, 24 años de Argentina

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