El Planeta Zanahoria

El Planeta Zanahoria n alguna parte del universo existía un planeta llamado Antón en donde todo era color naranja radiante y la oscuridad no tenía cabida. Los seres que lo habitaban parecían zanahorias, pero con brazos y piernas. Cuando hablaban emitían notas musicales y estas se posaban en pentagramas que pendían de los árboles.
Cierto día, a unos pequeños antones los sorprendió el aterrizaje forzado de una nave espacial. Crispín y Crispina se asustaron mucho y corrieron a esconderse tras una enorme piedra. Observaron a cinco extraños seres descender de la nave. Cada uno llevaba una esfera en su cabeza y el cuerpo cubierto por un traje de colores.
La pareja tembló mientras los extraños iban hacia ellos, pero felizmente, no los vieron y continuaron inspeccionando el paraje. Luego, armaron varios artefactos desconocidos cerca de la nave, uno de ellos, una especie de casa de campaña gris, ese color les produjo molestias a los ojos.
Los extraños seres eran nada menos que terrícolas, estaban asombrados de encontrar un planeta pintado de naranja. Entonces, decidieron darle colores al lugar mientras algunos reparaban la nave. Pintaron las hojas, brotes y césped, verdes; las manzanas y las fresas, rojas; los troncos y las ramas, cafés y las flores de diversos colores, el paisaje cambio por completo. Ciertamente que al colorear los árboles descubrieron los pentagramas con las notas musicales, esto les fascinó.
Cuando un terrícola comenzó a pintar las piedras, sorprendió a los hermanos que temblaban como hojas. Él también se asustó, sin embargo, al ver su hermoso color naranja les sonrió. Los hermanos hicieron una divertida mueca por respuesta. Ya más tranquilos, el terrícola les preguntó por sus nombres, su voz salía por medio de una rara bocina. Los antones no entendieron, más les gustó el tono del sonido y contestaron con algunas notas musicales. El extraño quedó encantado con la bella melodía que salía de los labios de los jóvenes zanahorias. Muy emocionado les ofreció un tarro de pintura y unas brochas en señal de amistad. Crispín y Crispina entendieron el gesto y lo aceptaron curiosos. De esa manera los antones siguieron pintando las piedras y se divirtieron como nunca.
Pronto los terrícolas terminaron de reparar su nave y por señas les explicaron que deberían partir. Pero antes, les obsequiaron varios tarros de pintura.
Crispín y Crispina, un poco tristes pues ya se habían encariñado con sus nuevos amigos, también les hicieron un regalo, un pentagrama recién cortado de un árbol. Los terrícolas lo recibieron con mucho agrado.
La nave se alejó surcando el espacio del planeta Antón dejando una estela arcoírica en el cielo.
Los hermanos maravillados de tantos colores, llamaron a sus amigos para continuar pintando el planeta.

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Sobre el Autor

Marianela Puebla, años de Valparaíso, Chile

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