Mangas Verdes

Mangas Verdes uando Ama llegó a las enormes puertas del castillo estaba cubierta de polvo. Una larga caminata la había dejado con su capa y su sombrero con mucha tierra, pero solo se retiró la capa antes de llamar a los guardias y anunciarse.
- Hola Soldados - dijo con voz fuerte y segura - Soy una alegre juglar que viene a entretener a su Señor.
Luego de un breve tiempo, dejaron entrar a la muchacha y apenas franqueó la puerta se acercaron a ella para advertirle que podía tocar su mandolina solamente en la plaza del mercado pero que no lo hiciera cerca de los aposentos reales porque al Rey le molestaba la música.
La joven entendió claramente que para poder trabajar tendría que hacer su acto en la plaza y le llamó la atención que al soberano le moleste escuchar canciones. Con la intriga sobre esta situación, siguió caminando hasta llegar a la pequeña plaza donde se alzaban bonitos puestos con que llenaban de color y aromas el lugar.
Con algo de hambre después de caminar tanto tiempo, le propuso a un tendero que si le daba un par de manzanas haría un par de canciones.
- Si me gusta lo que haces te daré tres jugosas y ricas manzanas.
Entonces, la muchacha sacó su instrumento y luego de unos instantes comenzó a tocar una dulce melodía que poco a poco convocó a todos los que estaban en el mercado a escucharla. Al terminar, se escucharon aplausos y pedidos para que continuara, por lo que se aventuró a una nueva canción que acompañó con su voz, logrando conmover a un público que no dejaba que pare de tocar.
Al otro día, Ama se acercó a uno de los puestos donde vio un lindo vestido verde con amplias mangas y un broche que tenía tallada una flor de cardo. Usando el mismo argumento, propuso un trueque por el vestido a cambio de sus canciones. La señora que vendía los vestidos le dijo que con todo gusto y la invitó a que use el vestido para hacer su presentación.
Una vez que se había cambiado, Ama tomó su mandolina y comenzó con su ta, tara, ta, tara ta, ta, tata, tara ta, tarata, tara ta y después otra canción y otra más y la gente no dejaba de acercarse para poder escucharla. El tumulto llamó la atención del Rey que pasaba por la plaza y al descubrir que era una juglar pidió a los guardias que despejen la plaza y que pare la música.
La gente no se tomó bien la decisión del Rey, al que apreciaban, pero que no comprendían por esta actitud. Algunas de las personas que estaban en el mercado comenzaron a increparlo y pedían que siga la música.
El Rey, que era un buen hombre, sintió la necesidad de explicarles que era lo que sucedía y con la mirada baja les dijo a sus súbditos que sufría de un mal que lo obligaba a bailar desenfrenadamente cuando escuchaba una canción y esa actitud no era propia de una monarca.
Mientras se escuchaban algunas risas y comentarios de todo tipo, Ama se acercó al Rey para explicarle que la gente no dejaría de tomarlo en serio porque bailara pero si perderían su respeto por tomar decisiones equivocadas.
Luego de un momento, el Rey pidió que siga la música y se retiró bailando de forma muy particular. Lejos de burlarse de él, la gente terminó copiándolo y bailando de la misma manera mientras la chica del vestido verde seguía tocando y tocando su ta, tara, ta, tara ta, ta, tata, tara ta, tarata, tara ta.

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Sobre el Autor

Alvarez, Germán, 30 años de Argentina

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