El barquito en la plaza

El barquito en la plaza ino el barquito, ¡el barquito! -exclamó el Coco en la plaza de Mar del Plata.
Me gustan los barquitos y por eso me llevaron a una plaza, donde me dijeron, que había uno muuuuy grande, y cuanto más grande son, más me gustan. La luna estaba en el cielo. Todas las noches espero a que salga, la busco de día incluso, a veces se ve. No sabía que había plaza de noche, que además se llena de gente.
Esa noche de la cual les cuento... había un montón de gente, toda mirando el barco grande. Me habían dicho que iba a haber "fuegos artificiales". Al principio yo no podía ni pronunciar esas palabras, les decía, fuebos arpifisales, en realidad, ni siquiera sabía de qué se trataba.
Un día, hace mucho, vi a los barquitos en el puerto de Mar del Plata. Me encantan, por eso, me alegré tanto, cuando me dijeron que esa noche iba a ver uno muuuy grande. Al rato de llegar a la plaza, me llevé una sorpresa. La plaza tenía las luces encendidas, porque era de noche. De repente, se apagaron de golpe, y así fue como conocí los fuebos arpifisales, eran muchas, muchas, muuuuchas luces -como las estrellas- de todos los colores, que hacían, "¡pum, pum!". Al lado de las luces, estaba el barquito, que también miraban, todos los que estaban parados al lado nuestro. Era enorme, nunca había visto uno así. No podía dejar de mirarlo. Había que asomarse por encima de las cabezas de las personas, ya que eran tantas, que me tapaban el barquito. Como los otros nenes chiquitos, estaba sentado en los hombros de mi abuelo. Desde allí, se veía fantástico. Cuando las luces se apagaron, "¡pum, pum!", se escuchó de nuevo, pero esta vez adentro del barquito.
-¡Humo!, -dijo el Coco sorprendido, viendo la nube negra que subía al cielo. Yo sabía que después del humo, viene el fuebo, y así fue. El barquito más grande del mundo, pero el más grande, se empezó a prender fuebo, después ese humo negro nos comenzó a envolver y casi no nos dejó respirar. El barquito más hermoso se prendía fuebo, sí, ¡fuebo! Como había mucho viento se empezó a quemar muy rápido, dejando a la vista alambres muy altos, mientras todo el papel y el cartón con el que estaba hecho , se arremolinó en el aire y empezó a caer prendido fuebo, sobre todos los que estábamos en la plaza. El cielo, oscurecido por el humo, parecía iluminado nuevamente por los fuebos arpifisales, pero esta vez, caían sobre nosotros, ¡y quemaban! La gente también sentía los pedazos de cartón del barquito prendidos fuebo, y se alejaba, como nosotros, de la plaza, ya que el cartón quemaba en serio. Todo el mundo se quejaba por la ropa que se les llenó de agujeros. A mi abuela se le prendió fuebo el pelo, a mí la campera. Pero eso no es lo importante. Yo, en los brazos de mamá, que me llevaba tratando de que no me quemara, no entendía nada.
Ya les dije: ni siquiera sabía lo que eran los fuebos arpifisales. Nunca había visto un barquito tan grande y no pude imaginarme que los que están en el mar, pudieran estar en una plaza, y encima prenderse fuebo; ¡imposible, si siempre están mojados!
Esa noche, mis abuelos me preguntaron sobre las luces y el barquito, pero yo no dije nada. Necesitaba pensar. Al día siguiente, ningún comentario. Al otro día, nada. Cuando yo quise, empecé a contar lo que ahora mi mamá está escribiendo. Nadie lo podía creer, pensaron que me había olvidado. ¡Cómo me iba a olvidar! Tenía que salir de toda mi sorpresa, que era mucha. Durante mis días de silencio, los escuché decir que, en realidad, todo me había asustado; que el humo, que fueron los fuebos arpifisales, que fue el barquito tan grande... claro, que me había impresionado verlo prenderse fuebo. Yo los escuchaba, pero no les decía nada. Se equivocaban: a mí no me asustó nada.
Ya pasaron un montón de días de lo de la plaza, me acuerdo de cada una de las cosas que vi, y las nombro todos los días un ratito, ya que no me imaginé que todo eso pudiera pasar. También, ese día conocí mejor a los grandes. Ellos me llevaron a la plaza, a ver el barquito porque pensaron que me pondría contento, recién pensaron distinto, cuando vieron que otros nenes lloraban.
Pero a mí, todo lo que vi, me dejó silencioso durante días: fue asombroso. Y ahora, imagino que a los barquitos, a las plazas de noche y a las estrellas, pueden pasarles cosas, que yo no sabía que pasaban. Ahora sé, que las plazas están abiertas de noche, y las estrellas hacen "pum, pum", y los barquitos no siempre navegan solamente por el mar, incluso los veo en el campo, con las vacas. ¿Vos, nunca los viste? ¿Susto? ¿Susto, yo?
Los grandes a veces piensan cosas que no son ciertas.

Valentín "Coco" Ruvera

Nota: Basada en una historia real, sucedida el día de la "Cremà de la Falla Valenciana".

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Sobre el Autor

Valentín Ruera, de Santa Clara, Argentina

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