El viejo de los Perros

El viejo de los Perros rgente! ¡Prestame los marcadores! - , le pedí a mi hermana la más grande. Ella estaba en la cama llorando con la tele prendida.
- Tomatelás! ¿No ves que estoy mirando "Amores Perros"?
- ¿Y si es de amor, por qué llorás?
¡Para qué se lo habré dicho! Empezó con que el amor es cosa de grandes, que yo no entiendo nada. y qué sé yo cuántas cosas más. Pero yo sí entiendo. Entiendo de amor y de perros. De amor, porque Mariana es mi novia. Ella no lo sabe, pero es mi novia igual, porque es re-linda y no usa hebillas de Barbie como las otras. También sé que no se puede sentir amor por cualquier cosa; uno no es tan tonto. Yo quiero a mi bicicleta más que a nada en el mundo; es la mejor bici de la cuadra, pero de ahí a gritarme: ¡Deja eso! ¿Estás enamorado de esa bicicleta? hay como de acá a la Luna. Esa sí la tengo clara. Los humanos no se enamoran de las cosas. De los animales, no sé.
Don Manuel dice que ama a sus perros. Claro que no se parece a un papá, ni siquiera a un abuelo, pero él me enseñó todo lo que sé de amor y de perros. Don Manuel es el Viejo de los Perros. Y vive en Playa Grande, como con veinte, debajo del viejo edificio del INIDEP. Algunos chicos del barrio le tienen miedo, dicen que cuenta historias horribles de barcos que se hundieron y de vigas oxidadas que se pueden venir abajo en cualquier momento. Por eso cada vez que nos queremos meter por ahí nos manda los perros al humo. Y son perros fieros. Yo siempre que voy a la playa con la bici, me bajo antes de que me vean porque si no, te tiran a morder los pantalones aunque los tenga atados con un broche para que no se me enganchen con la cadena. Don Manuel siempre está tomando sol junto a los perros y él dice que ahí está mucho más cómodo que en una casa. Lo que no entiendo es por qué la gente comenta que es una barbaridad que viva así, a la intemperie y solo como un perro. A mí me gusta estar con él y no le tengo miedo ni nada. Dice mi mamá que si ando por ahí se me van a pegar las pulgas ¿y qué? Yo tengo piojos, pero me paso el peine fino y listo; con las pulgas debe ser lo mismo.
Lo que más me gusta son sus historias de perros. Él sabe muchas, muchísimas. Cuenta Don Manuel que el Tuque, uno marrón y negro, flaquito que tiene la cola cortada fue el que quedó atrapado en el Marcelina de Ciriza, así se llamaba el barco pesquero que se soltó de la Escollera Norte en una sudestada gigantesca de hace años -me explicó Don Manuel-, uno que se fue navegando solito hasta Constitución que es adonde están los boliches a los que va mi hermana. ¡Bah! Sólo no. Estaba el Tuque. El Tuque y los fantasmas que viven en los barcos. Y fueron precisamente ellos los que lo empujaron por la borda justo antes de encallar. Los perros de los barcos -dice Don Manuel- son grandes nadadores; eso lo salvó.
También cuenta la aventura de uno negro, rengo de la pata izquierda que una vez quiso salir en parapente con los locos que vuelan en Varesse. Los muchachos odiaban al Negro porque cada vez que querían despegar los corría y les ladraba para que lo atasen y lo llevaran a dar una vuelta. Pero nada. Los parapentistas se entienden con los pájaros pero no saben nada de perros. Un día el Negro se cansó y se prendió de la pata de un piloto que lo alzó como tres metros. Después de tanta patada se soltó. La gente se reía como loca; al piloto, que estaba muerto de rabia, le tuvieron que curar la pierna con agua oxigenada. Al Negro le dolieron las costillas una semana, y yo sé cómo duelen las costillas porque a veces cuando voy a hacer pruebas con la bici a las rampas me mato, te juro que me mato. Don Manuel lo tuvo acostado contra él esa noche y varias noches más, hasta que se curó y me contó que cuando soñaba, porque los perros sueñan, parecía sonreír. Así que seguro, tanto no le importó el dolor. Él no podía correr tan rápido como otros perros pero había volado ¿qué tal? Los perros de la playa son tan valientes -dice Don Manuel-. El lo sabe.
También me explicó que hay perros que ladran para avisarle al pescador que tiene un pique; es que a veces, pobres, se duermen de tanto mirar la boyita. Hay otros que aprendieron a hacerle frente a los lobos marinos que se quieren subir a las lanchas amarillas y se ganan algún pescado que le tiran los dueños como recompensa. Claro que antes tuvieron que aprender a comer pescado, pero los perros se adaptan a todo, por eso son sobrevivientes, como yo -dice Don Manuel- aunque eso no lo entiendas bien todavía.
En La Perla, por ejemplo, hay un Golden (el único que no duerme con Don Manuel porque es del guardavidas, pero que siempre lo va a visitar) que ayuda a sacar a la gente del agua. Y la ve enseguidita, mucho antes de que hagan sonar el silbato. Entonces gruñe fuerte y se mete al agua con la rosca y la soga. Hay que ver cómo nada, casi tan rápido como el guardavidas. Los perros de la playa son tan observadores -dice Don Manuel.
También me contó que hace mucho, yo seguro no había nacido porque no me acuerdo, cuando vino el tornado a Mar del Plata, fueron los perros los que le avisaron para que se fuera de abajo de la construcción donde dormía; que él no entendía nada pero que no paraban de aullar, lo despertaron y no dejaron de tironearle de las mangas hasta sacarlo de ahí.Entonces, de golpe, vino el viento, el mar se puso como nunca lo había visto y al toque reventó una ola increíble que arrasó con todo lo que había en el lugar. Que los perros lo protegieron -eso dijo don Manuel- porque son leales, más leales que las personas, que si no, la ola se lo hubiera llevado a él también.
A todos los quiere don Manuel. Y les da de comer aunque no tenga mucho. A veces no le sobra ni un pedazo de sándwich pero de lo poco se comparte -dice- si no, no tiene gracia. Por eso cuando los huesos del asado no alcanzan, le saco algo de la heladera a mi mamá y se lo llevo; aunque casi siempre lo único que hay es un pedazo de queso fresco o alguna milanesa medio dura del mediodía. Porque ahora Don Manuel tiene una perra, y la perra tuvo nueve cachorros. Por qué tantos -le pregunté-. Él me explicó que seguramente se había enamorado más de la cuenta, como les pasa a veces a las personas, como le pasó a él hace mucho. Por eso la va a cuidar, a ella y a los cachorros, hasta que crezcan.
Una vez, los chicos le preguntamos por qué vivía ahí, y él nos dijo que le gusta mirar el mar. A mí me parece que por eso tiene los ojos entre verde sucio y marroncito, como el agua de acá. Y porque ama a los perros -dijo-; como en la película de mi hermana -dije, pero no me escuchó-. Que le hacen compañía el Tuque, la perra, los cachorros, el Negro y el Golden que viene de visita. Porque los perros de la calle somos una gran familia -trata de explicarme Don Manuel- y no nos dejamos nunca solos. Que nosotros tenemos que aprender.
Ayer empezaron las obras para arreglar el viejo edificio, van a hacer una confitería o algo así, y Don Manuel se tiene que mudar. Dice que no sabe muy bien a dónde va a ir, pero se va a llevar a los perros. No se abandona a los amigos, aunque sean perros; que tal vez vaya para las Playas del Sur, que ahí también se juntan los surfistas y son buena gente; él les va a calentar agua para el mate para cuando salen del mar muertos de frío y, si le tiran unas monedas no le va a venir mal. También me pidió que le hiciera un dibujo, porque seguro me va a extrañar y que si tanto ama a sus perros que trate de imaginarme cuánto me llegó a querer a mí. Yo le dije que también lo quería mucho pero que a mí no me salen bien los dibujos, que mi hermana me carga, que sólo hago monigotes -dice-, pero Don Manuel me contestó que a él le parecen muy lindos y que no me olvide de hacer al Negro con su hueso preferido. También me dijo que si cuando vuelvo para la playa no lo encuentro, lo ponga en una botella y lo tire al mar. Que él todas las mañanas va a revisar lo que la marea trae hasta la costa. Y no sabés las cosas que se encuentran -dijo-, que me quedara tranquilo. Ahora mismo me voy y lo empiezo a hacer -le contesté-, por si acaso. Pero seguro lo voy a ir a visitar; si mi papá no me lleva, me armo la mochila y voy con la bici. Es lejos pero si uno no es capaz de pedalear un poco más para estar con un amigo. Nunca, nunca, nunca lo voy a dejar solo. Eso lo aprendí con Don Manuel.
Cuando llegué a casa, en la vereda estaba la hija de la vecina, que es una perra -dice mi hermana-, y será porque se la pasa diciendo: ésta es una vida de perros, o qué noche de perros, o porque se puso de novio con Caniche, que antes era el novio de mi hermana. Apenas entré mamá empezó: Dejá de rascarte como un perro. pero yo me fui corriendo a buscar los marcadores. Tengo que hacer un dibujo para mi amigo -grité-, pero mi hermana parece sorda. ¿Por qué no me prestará los marcadores de una buena vez? Entonces me encerré en el garage y me puse a dibujar con el lápiz de carpintero de papá que en eso entró preguntando: ¿a qué hora cenamos que estoy cansado como un perro?
Yo no entiendo muy bien de qué perros hablan. A mí me parece que el único que sabe de perros es Don Manuel.

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Sobre el Autor

Marcela Predieri, de Argentina

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