Octavia

Octavia atisfecho contemplaba su obra. El doctor Ka había logrado dar forma a un viejo anhelo. Recrear en una burbuja gigante aquel paisaje copiado de una imagen satelital que había sido tomada por Polus, cuando regresó de su último viaje interplanetario, trayendo filmaciones de un lejano planeta, llamado tierra.
Nunca olvidaría la sorpresa que le causó ver un cielo celeste. Él solo conocía un cielo negro, lleno de estrellas que variaban la intensidad de su luz según el momento del día. Durante el período de mayor claridad el cielo en Octavia se tornaba gris, pero el nunca había visto un cielo azul.
Volvió a mirar su obra. Había recreado ese paisaje bucólico, que durante tanto tiempo le había robado el sueño. Delante suyo, se extendían suaves laderas arboladas, recorridas por un río de aguas cristalinas en cuyas riberas había plantas con flores de todos los colores. Miraba orgulloso el puente de piedras, que unía las dos costas, formando un arco. Pero el mayor éxito científico fue lograr la generación de calor que les permitía a los hombres de Octavia sacarse los molestos trajes espaciales y sentir tibieza sobre su piel.
Golpearon, salió abruptamente de su ensoñación. Apretó el botón que abría las compuertas de su laboratorio. Alegres y entusiasmadas voces llenaron el recinto. Eran los primeros "turistas experimentales" que venían a pasar unas horas en la burbuja.
Después de los saludos protocolares se introdujeron rápidamente en ella, pues había que tener mucho cuidado para que no se perdiera la intensidad del oxígeno logrado artificialmente que, por primera vez, les permitiría deshacerse por unas horas de sus tanquecitos de aire.
Por fin se escuchó el golpeteo del martillo sellador: Toc, Toc, Toc. ¡Empezaba una nueva era en Octavia!.

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Sobre el Autor

Claudia Samter, de Argentina

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