Serena, la ballena

Serena, la ballena e voy a presentar. Mi nombre es Serena y soy una ballena que quiere contar una historia con final feliz. Recuerdo el día en que nadaba asustada por las agitadas aguas del océano buscando a mi mamá, que no debía estar muy lejos. Las olas eran tan altas que no me dejaban ver. La busqué con ahínco, pero no pude encontrarla y entonces me dirigí con mis últimas fuerzas a la costa más cercana. Necesitaba pensar que hacer. El cansancio me venció y cuando desperté, unas horas más tarde, escuché voces y vi muchos ojos que me observaban con curiosidad. Sentí pánico pero, después de unos minutos, una mano comenzó a palmearme y a mojar mi cuerpo constantemente. Eso me gustó. Miré a un costado, había un hombre que me hablaba bajito para tratar de tranquilizarme. ¡No era fácil perder el miedo, me dolía tanto la aleta izquierda! A continuación se acercó una cara muy seria que me examinó cuidadosamente. Como me trataba con mucha suavidad, sentí que esa persona no me lastimaría y esperé quietita, además estaba demasiado dolorida como para intentar escapar.
En realidad lo único que yo quería era estar con mi mamá. Ella seguramente me estaría buscando muy preocupada, temiendo que algún barco pesquero me hubiese agarrado. En ese momento escuché algo así como: -¡Córranse, ahí vienen los bomberos!
Aparecieron unos señores vestidos todos iguales, con unos trajes de colores brillantes y unas gorras con viseras. Inmediatamente empezaron a ponerme unas sogas alrededor del cuerpo. Eso no me gustó nada y comencé a sacudirme enojada. Otra vez se acercó el hombre de la mirada seria. De repente, ¡un pinchazo! El dolor desapareció, empecé a sentirme más tranquila, como si volara. Nuevamente intentaron poner las sogas alrededor mio, esta vez lo permití. Luego apareció un vehículo muy grande, al que le decían grúa, desde allí bajó un gancho para sujetar con fuerza un arnés que me habían fabricado. Horrorizada comprobé que me levantaban del suelo y después de unos momentos, que me parecieron eternos, me depositaron en un camión, alejándome de lo único que conocía: el mar y la arena. Recuerdo que la mano cariñosa todavía me humedecía. La voz, que me hablaba bajito, no me abandonó ni un momento. Mi recorrido terminó cuando me pusieron en una gran pileta transparente.
Horas más tarde comencé a sentir hambre y nadé hasta el borde, pues había descubierto que allí había un balde del cual provenía un sabroso olor a comida. Ignacio, ese era el dueño de la voz amiga, me ofreció la misma comida que me había enseñado a buscar mi mami. Agradecida comí de su mano, mientras le permití que me acariciara. Cuando terminé de comer levanté la vista; mucha gente me miraba expectante desde lejos. Comprendí que todos se alegraban de verme mejor. Me curé rápido y no sentí más dolor. Comencé a hacer las mismas piruetas que hacía en el mar cuando estaba contenta. Los chicos aplaudían y gritaban entusiasmados. Al poco tiempo esperaba impaciente el horario de visita, sobre todo por la doble ración de comida. Nacho, así le decían con cariño, siempre tenía separado para mi algún bocadito, como premio por las pruebas que me había enseñado. Se metía conmigo en el agua y jugábamos con una bonita pelota de colores, que yo buscaba rápidamente cuando me lo ordenaba. Con el tiempo también permití que los niños me tocaran. ¡Se ponían tan contentos! Así pasaron muchos días.
En algún momento, empecé a sentir que el piletón me quedaba chico. Me golpeaba a cada rato cuando quería nadar a mis anchas. Cada vez más seguido estaba de mal humor. Las visitas de chicos y grandes ya me aburrían. No tenía ganas de hacer piruetas. Trataba de nadar bajo el agua, para mantenerme lejos de la gente. Sintetizando, mi gran amigo y adiestrador percibió el cambio. Entonces pidió una reunión con el director del oceanario y le propuso una idea revolucionaria que cambiaría mi vida: construir un canal lo suficientemente ancho para que yo pudiera llegar sin dificultad hasta el mar y alternar así con el estanque. Debo decir que se produjo un gran revuelo, incluso la prensa se ocupó del tema.
Paralelamente aparecieron unos señores llamados ecologistas, que no sé porqué, estaban muy enojados. Ellos trajeron unos carteles muy grandes pidiendo a gritos mi libertad. Tras largas reuniones y discusiones, finalmente el director permitió la construcción del canal y pude salir de mi casa de cristal. Cada vez que llegaba al mar me ponía muy contenta y nadaba y nadaba hasta quedar cansadísima. Ignacio comenzó a meterse al agua conmigo. Me enseñó a buscar mi comida colocada en unos recipientes anclados en el fondo. Desde la costa unos señores llamados científicos nos observaban y anotaban cosas en unas hojas de papel.
Un día sucedió algo decisivo para mí. Pasaron otras ballenas. Cuando observé que se alejaban quise ir tras ellas. ¡Pero que sorpresa, una red gigante atada a unos postes enormes me frenó!. Mi pobre nariz dio contra la contención y, furiosa, la embestí varias veces. Mi cuidador estaba allí y vio mi desesperación. El ya había previsto esta situación. Apartó las redes, izándolas desde la costa. Así volví a mi vida normal. Me uní al resto de las ballenas, que me recibieron con curiosidad y un poquito de desconfianza. Logré que me aceptaran cuando las llevé hasta los recipientes de comida en donde nos alimentamos hasta el hartazgo. Luego con la panza llena partimos hacia el sur. Mientras nos alejábamos divisé la figura de Ignacio sobre un gran acantilado. Creo que lloraba, mientras agitaba sus manos que tantas veces me habían acariciado.
Hoy, soy una señora ballena. Cada vez que paso a la altura del oceanario, visito el lugar con mis compañeras. Allí siempre encontramos comida y desde unas tribunas que fueron construidas en la orilla, los turistas nos miran pasar. Nosotras aprovechamos para hacer todas las piruetas que se nos ocurren y luego seguimos nuestro camino para volver al año siguiente.

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Sobre el Autor

Claudia Samter, de Argentina

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